Autora: Mª Carmen Díaz Maestre
Diseño: Mª Carmen Díaz Maestre
Érase una vez una princesa
llamada Anabé. Vivía en un castillo en
la cima de una montaña en la que la nieve era perpetua, pero ella era tan
activa, que nunca tenía frío. Le gustaba tanto ver la nieve que el castillo
tenía las paredes de cristal.
La princesa era bondadosa y solidaria,
por eso tenía muchísimos amigos y amigas, era una princesa culta y ayudaba a
todas las personas que lo necesitaban. Les enseñaba a leer, a escribir y hasta
a pronunciar correctamente; pero lo bueno era que lo hacía de forma altruista y
coloquial, por lo que la gente no se sentía inferior, y por eso adquirían muchos conocimientos
provechosos. Por su actitud también aprendían de ella a ser humildes, porque la
humildad no es pobreza, más bien bondad y empatía con los demás.
A la princesa le gustaba vestir
de esport y bajar al lago, coger setas y
recoger plantas aromáticas con las que ella misma fabricaba sus jabones; por
eso su piel era tersa y brillante como una manzana. Tenía la capacidad de
sorprenderse con cualquier cosita y su alegría la demostraba con frecuencia.
Una noche mientras dormía, tuvo
un sueño extraño. Bajaba al lago y vio cuatro peces de colores; antes nunca
había visto un pez igual, eran muy extraños, por eso mandó llamar a su príncipe
consorte, éste al verlos, quiso pescarlos para analizarlos, pero la princesa se
negó.
-¡No! No quiero que los pesquen,
te he llamado para que lo veas aquí y no en una cazuela.
Ella sintió algo especial por
aquellos animalitos, e incluso se identificaba con ellos.
-¡Que sensaciones tan extrañas!
Nunca los había visto antes, sin embargo… ¡Me parecen tan familiares!
Se acercaron hasta la orilla y se
detuvieron al verla. Uno de ellos le dijo:
-Tú, no eres tú, tú soy yo.
-¡Vaya, pero que estoy oyendo!-dijo
la princesa- ¡Por dios! ¡Estos peces hablan como loros! ¡Pero si hasta sus
escamas son de los colores del plumaje de los loros!
La princesa se echó a reír a
carcajadas. Tanto rio que empezó a toser; con la tos se despertó. Se sentó en
la cama y meditó sobre el sueño. Tú, no eres tú, tú, soy yo. ¿Por qué le dijo
aquello aquel pez? Seguro que tenía algún significado, pero ya lo analizaría
más despacio.
A la princesa el hecho de ser
tal, no le influía para reunirse en tertulias y comentar gustos afines con sus vecinos.
Un día bajó a un pueblo del valle en el que había quedado con unos paisanos a
los que les quería hacer varios comentarios sobre una lectura que habían hecho;
pero su sorpresa fue que habían cerrado el local en el que solían reunirse. Una
vecina le dijo:
- Se comenta que ha llegado al
lugar una bruja llamada Criscomar.
Ese nombre nunca se había oído en la zona.
-Dicen que le gusta hacer el mal
y parece ser que lo ha tomado con la princesa y sus amigos.
La princesa se lamentó y se lo
comunicó a sus amigas las princesas, Conchitavi, Pilisán y Carmendi, éstas la
animaron y le dijeron que lucharían para que todo volviera a la normalidad y la
bruja Criscomar fuera desterrada del país, pero la malvada bruja era demasiado
fuerte y sus amigas no pudieron con ella, por allí andaba pululando haciendo
males.
Un veintitrés de noviembre, en
pleno otoño, las tres princesas quisieron darle una sorpresa a su amiga,
decidieron ir por la tarde pero oscureció demasiado pronto, no sabían como ir
al castillo y cuando llegaron al lago
montaron en una barquita y unos peces de colores y unos patos las acompañaron y
las llevaron hasta la orilla en la que la princesa Anabé solía ir a pasear,
y… ¡Allí estaba su amiga! ¡Cuando las vio no pudo por menos que sorprenderse y partirse
de risa!, cada una de las amigas le llevaba un obsequio. Como la temperatura
era fría, la princesa las invito a cenar en su castillo. Cada una le entregó su
regalo; Pilisán, una cajita en la que guardaba el corazón del amor, en la de Conchitaví, el
corazón de la amistad; y en la de Carmendi el corazón de la ilusión. Después entre las tres le
dieron una caja más grande que Anabé abrió con impaciencia; en ella había una
capa de colores como las que sus amigas llevaban, cuando la vio cayo en la
cuenta de que las tres llevaban las capas iguales y ahora le regalaban a ella
una idéntica, no pudo por menos que recordar el sueño de los peces de colores y
pensar en lo que le dijo uno de ellos. “Tú no eres tú, tú soy yo” entonces decidió contarles el extraño sueño, Las tres amigas
reaccionaron como si ya lo conocieran, Anabé entendió lo que el pez quiso
decir, había cuatro peces y ella estaba en la orilla del lago y no en el agua,
por eso le dijo “tú no eres tú, tú soy yo” ¡claro! Ya entendía sí. ¡Eran sus
espíritus!. Se quito su capa roja y azul y se puso la de colores, ahora las cuatro
eran como los cuatro peces del lago. Después de cenar un suculento menú, se
sentaron alrededor de la lumbre que ardía bajo la chimenea, hablaron y rieron
hasta altas horas de la madrugada. Así fue aquel especial cumpleaños de la
princesa Anabé; al amanecer las cuatro princesas se despidieron y cada una
volvió a su hogar.
Un día, cuando la princesa Anabé
estaba descansando en una sala de su castillo, se presentó un hada buena.
-¡Hola Princesa de la Nieve !, sé que estás triste,
y yo quiero proponerte un trato.
-¿Un trato? –Preguntó la princesa
sorprendida.
-Ya verás: yo soy demasiado vieja
y estoy cansada. Sabes que tengo un local en el que hago mis ejercicios de
magia, pues te ofrezco el local a cambio de que me dejes hacer algunos ratos ejercicios
para no aburrirme. Anabé acepto gustosa y cuando se fue el hada llamó a sus
amigas para comunicárselo.
-¡Chicas, tengo una buena
noticia! ¡Tenemos que reunirnos urgentemente! Ya estoy impaciente por
contárosla.
A los pocos días, las cuatro amigas se reunieron y celebraron las buenas
noticias, con una rica merienda de
chocolate con churros.
La bruja Criscomar seguía por el
país pero a la princesa no la molestó más, gracias al Hada buena.
Fue pasando el tiempo y las
princesas siempre se iban comunicando y celebrando las cosas buenas que les
ocurría y ayudándose entre ellas cuando algún contratiempo se producía.
A la llegada de la primavera, la princesa bajó al valle y allí se volvieron
a reunir las cuatro. Hablaron de todo y dieron rienda suelta a sus ilusiones.
El campo estaba repleto de
flores, los pajarillos emitían sus
gorgoritos y trinos con alegría, el rumor del agua clara del río y el sonido de
las campanillas de las ovejas que pastaban en los prados, hicieron que las
cuatro amigas soñaran y disfrutaran como niñas.
Y colorín colorado este cuento se
ha terminado.
Mª
Carmen Díaz Maestre.
23/11/2012




No hay comentarios:
Publicar un comentario